Niños “violentos”: otra mirada

Vivimos en una sociedad violenta… el mal trato es el trato corriente y cuando hablo de mal trato no hablo sólo de la ausencia de pautas de cortesía, muchas veces detrás de éstas, de manera solapada se esconde un mal trato aun más lastimoso. Cuando digo mal trato me refiero a exigencia, menosprecio, soberbia, críticas, calificaciones descalificadoras, juzgamiento, autoritarismo, incomprensión, abusos de poder, intolerancia, gritos, insultos,  violencia física…
Vivimos a partir de creencias que hacen que se violenten hasta los principios más sabios que la naturaleza nos dio para cuidarnos.

Lo importante es no estar desocupado, lo más valioso es hacer y producir, la carrera está en tener (títulos, conocimientos, confort, “éxito”, recursos materiales, idiomas, posiciones sociales, etc.).
Usamos términos como el de exigencia, violencia, límites, respeto sin si quiera definir con profundidad a qué nos estamos refiriendo.
Responsabilizamos al afuera (niños, adultos, sociedad, autoridades) sin mirar con profunda introspección y autopercepción cuánto de lo que me quejo o critico en el afuera está dentro de mi mismo.

Creamos una sociedad violenta… le damos a los niños que llegan a ella violencia en todas sus posibles expresiones y manifestaciones. La mayoría de las veces sin saberlo puesto que estamos habituados a tratarnos así.
Los padres escuchando a “especialistas” bien intencionados  que se encargan de presentar teorías despojadas de comprensión afectiva, desatienden su instinto sabio y maravilloso que de tanto desoírlo y cuestionarlo cada vez está más confundido y atormentado.
Se escucha por ahí y cada vez con más frecuencia “los chicos están terribles, violentos, irrespetuosos, cuestionadores, mal educados, hiperactivos, desconcentrados, apáticos, compulsivos…”. En estas apreciaciones probablemente hay una parte de verdad pero se manifiestan desde un lugar lleno de  descrédito, incomprensión, abandono, soberbia, menosprecio, desigualdad, abuso de poder y sobre todo una profunda falta de responsabilidad adulta… hay VIOLENCIA.

La pregunta que nos cabe hacer: ¿Dónde empieza la cadena de violencia? ¿Dónde aprendieron los niños a reaccionar así? ¿Por qué lo hacen? …

Hoy en día podemos ver madres y padres que corren detrás de puestos importantes, carreras de grado y post grado que le garanticen mejor nivel económico, reconocimiento social;  madres tristes, incomprendidas, abatidas y solitarias en la tarea de sostener afectivamente la tarea de educar con amor, carentes de ternura y compañerismo, padres con extensas jornadas laborales, agotados, cansados, tristes, abatidos. Está lleno de adultos que carecen desde la cuna de lo que nos sostiene hasta en las peores crisis: el amor,  la compañía genuina y respetuosa por lo que sucede de la piel para adentro, el aprecio y el reconocimiento por lo que uno Es como persona, despojado de títulos, bienes materiales, y demás adornos.

¿Qué hacemos con nuestra vida? ¿Qué propósito tenemos con cada cosa que hacemos? ¿Cuánto de ese propósito busca el bien común, la hermandad y el amor entre seres humanos?

Los colegios se detienen a ver,  la mayoría de las veces de un modo poco constructivo, los comportamientos o reacciones de  los chicos pero… ¿Es ahí donde comienza la cadena de violencia?
Definitivamente siento, pienso y creo que NO. Y no falta más que detenernos lenta y amorosamente y conectarnos con un bebé para darnos cuenta de esto.
A mi sentir y  entender, los chicos están expresando como pueden su enojo y tristeza por tanta violencia recibida, por tanta exigencia, por el arrebato a su derecho de ser niños y vivir con todo lo que un niño necesita…

No se respetan los tiempos de descanso que su cuerpo pide, el ritmo externo en el que le pedimos vivir es un ritmo deshumanizado hasta para los adultos, no escuchamos sus necesidades e intereses genuinos, les pedimos que aprendan cosas que no respetan posibilidades y realidades evolutivas, que aprendan cosas que sólo le interesan al mundo productivo, cada vez y a más temprana edad le arrebatamos lo que necesitan para constituirse como personas (acompañamiento  amoroso que incluye  ternura, respeto, reconocimiento, sostén; contextos tranquilos para explorar y explorarse a si mismos, jugar libremente para acomodar y elaborar situaciones de la vida cotidiana que necesitan asimilarse  y a partir de éstas construir esquemas internos de organización, genuina educación con valores claros y elevados que no choquen con su naturaleza sino que la comprendan, la contengan y la encaucen).

Creo que se confunde instruir con genuina educación y reaccionamos frente a las “carencias” de los niños con una exigencia llena de ignorancia emocional, imposiciones, autoritarismo… es decir con violencia. Pero luego somos los mismos adultos los que miramos nuestra  “creación“: los comportamientos y reacciones de los más pequeños y nos horrorizamos…
¡Cuánto sufrimiento humano nos va a costar darnos cuenta y aprender!

En este contexto viven los niños de hoy… algunos más comprendidos otros más abandonados. Expresan su tristeza y sufrimiento como pueden: descargando parte de la violencia que reciben a las mordidas, golpes, insultos, rebeldía, otros con menos fuerza se enferman, otros se despegan de esta realidad  (quitando su atención de lo que no los incluye y comprende), otros volviéndose tan activos que logran no parar…y con esto no sentir, y algunos con un sentimiento de apatía que toca  la depresión, chicos medicados.
Estamos dañando a la especie y cada vez a más temprana edad y en esto participan padres que ignoran, padres incomprendidos y desorientados, educadores, algunos de ellos con capacidad para cuestionar el sistema y mirarlo desde otros puntos de vista obligados a cambiar creencias muy “poderosas” y otros fervientes defensores de lo que le dio y le da “prestigio académico”.
El daño es tan grande y el  sistema educativo  tan duro, lo único que importa es ver de qué manera se logra que el niño responda como el sistema exige.
Adhiero a la concepción que sostiene que  Respeto es el genuino derecho que tiene todo ser humano de ser como realmente es… esto significa (sus necesidades, sentimientos, gustos, preferencias, vocación, dones, inclinaciones, límites y posibilidades)

¿Cuánto de esto se aprende en las casas? ¿Cuánto en la escuela? ¿Cuánto de esto está presente en  la sociedad que creamos?.

Pero después nos espantamos por las reacciones de los niños… si a pesar de todo ellos nos recuerdan que la ternura, el amor y la ingenuidad aún existen.

Soy parte de esta sociedad…  el sistema no logró dañar mi capacidad de escuchar a mi corazón,  cuestionar intensamente lo que me daña y abrazar lo que me ayuda a desplegar mi potencial y a ser mejor Ser humano… esta misma capacidad es la que me lleva a  repensarme y así intentar sanar el dolor de la violencia recibida y en paralelo me encuentro con el enorme desafío de cambiar los recursos con los que  camino por esta vida, vida en la que elegí con responsabilidad educar a mis hijos al mismo tiempo que me reeduco a mi misma… pero hay un mérito y un reconocimiento que necesito hacer… la brújula externa más sabia la he recibido y la recibo de mis hijos y de todos los niños que he conocido,  su sensibilidad, su corazón, llaman al mío y me devuelven la certeza del instinto que me dice qué camino no tengo que andar, qué tengo que revisar y que tengo que fortalecer. Ellos son definitivamente mis maestros del corazón.
Por eso, y porque mi vocación está ligada a los niños, quizás me he decidido a escribir esto con el fin de aportar mi manera de ver lo que nos sucede y como modo de tranquilizar a mi corazón agitado que se preocupa y sufre cada vez que sabe de un niño sufriendo… incomprendido.

Como adultos nos toca elegir, desde que punto de vista queremos ver y acompañar a nuestros niños. Y evaluar a diario,  mirando en sus ojitos profundos si los resultados nos satisfacen internamente.

Prof. Carina Tacconi
Técnica Superior en juego y Creatividad.
Especialista en trabajo corporal emotivo.
Formada en autoasistencia psicológica ( Abordaje del Dr Norberto Levy).
www.carinatacconi.com.ar

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